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EL ARTÍCULO [del día] 19-11-1997, EL MUNDO
Hacer Historia
La Historia, grande y pequeña, la hace el hombre, la escribimos los escritores, los historiadores propiamente dichos, hasta los periodistas. La Historia no existe: es una creación cultural como la novela o la geometría. Lo que hay son unos fragmentos de pasado, unos jirones de vidas lejanas o cercanas, unas ruinas de tiempo o del tiempo, y hasta alguna ruina arqueológica. Con todo eso, una civilización reconstruye las anteriores, un país se escribe a sí mismo, unos especialistas -los historiadores, sí- le ponen argumento a todo eso, le fabrican asunto, lo urden y le dan sentido. Porque la Historia no tiene otro sentido que el que le damos nosotros, como nuestra propia vida. Por eso toda historia es sagrada, y no sólo la de las religiones: porque es una manera que el hombre ha tenido de descifrar el tiempo, o al menos de cifrarlo. Así, la historia de España, viniendo a lo contemporáneo, puede ser la de Menéndez Pelayo o Sánchez Albornoz, la de Américo Castro o Tuñón de Lara, la de Menéndez Pidal, etc. Pero esta creación cultural, hecha con retazos de vida, como la novela, debemos asumirla, enriquecerla, proyectarla, porque no tenemos otra genealogía ni otros antecedentes ni otra cuna. Hay que conservar la Historia sin ser conservador, porque en el pasado hallamos siempre nuestra identidad, una identidad cultural, literaria si se quiere, pero tanto mejor, porque una mera sucesión de reyes y batallas no es Historia. Nuestra historia nos explica. Incluso de la vida de nuestros padres hacemos una interpretación para entendernos a nosotros mismos como individuos, sin que importe demasiado la «novelación» de lo que ignoramos. En resumen, que la Historia es más intuición que información. Tanto mejor. Por eso no tiene mucho sentido que nuestros afines traten de volver a escribir la Historia, o a desescribirla, ya que todo está asentado sobre una hipótesis, como el Misterio de la Santísima Trinidad o la Dormición de la Virgen María, y a qué conduce descartar una hipótesis que ha resultado practicable para sustituirla por otra. Es cambiar humo por humo, y todo otro entendimiento de la Historia supone una peligrosa mitificación asertiva de lo que sólo es opinable. La Historia no tiene la entidad tectónica y corpórea que quieren adjudicarle los nacionalistas del centro o de la periferia. La gran Historia es sólo una suposición, y ahora estamos luchando por suposiciones, no por certezas. La ventaja de Madrid está en defender una hipótesis racional y abarcadora, y el error de Madrid sería defender el castillo de Medina del Campo como el gran mueble de Castilla. De ese peligro tiene que salvarse el Gobierno madrileño, como los Gobiernos autonómicos deben salvarse de fanatizar Montserrat, la catedral de Santiago o el frontón de Anoeta. Hay una idea general de esta península, que nos comprende a todos. La Historia que queda sólo es una hipótesis afortunada, una composición coherente e improbable a partir de los retazos, ruinas, vestigios, espadas y osaturas de caballo que nos lega oscuramente el pasado. En Madrid como en Barcelona, el ver a gente de talento luchando por la talibanización de meras suposiciones, cuando no de creaciones poéticas, me parece más propio de Sadam que de racionales cabezas europeas. A ver si es que todos se van a quedar, como decía un borracho de Valle-Inclán, en «cráneos privilegiados».


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