Mujercitas
La lucha de las mujeres ha llegado tan lejos que hoy ya nadie osaría titular Mujercitas, como aquella novela en otro tiempo famosa, que ilustraba el azucarado progresismo de aquella época. La mujer cuidaba su casa e hilaba, como hemos comentado aquí, pero ninguna entró nunca en la política, que es la prueba definitiva, como no fuese por vías de sangre: aquellas emperatrices que se dejaban aconsejar diplomáticamente por Voltaire y Diderot. Éstas de ahora quizá no han leído a Voltaire ni a Diderot, pero han roto ese cauce estrecho, ese corsé del cupo, que trajo la democracia hoy antañona del PSOE. Hoy las mujeres no están en la política por razones de cupo, de electoralismo y menos de enchufe. La mujer, como el hombre, en España y en casi toda Europa, está en la política como individuo por sus valores personales y su vocación bien contrastada. La Thatcher se lo hizo como todo un hombre y misstres Clinton le hace oposición política a su marido. Realmente, las esposas siempre hacen oposición política en el matrimonio, pero nunca habían llevado eso hasta el Pentágono. Se puede hacer oposición política imponiéndole al santo esposo unas verduras viejas, pero vas al Pentágono con unas verduras, viejas o jóvenes, y te echan a cañonazos, porque en seguida te identifican como espía de Bin Laden. En España tenemos una presidenta del Congreso, una ministra de Exteriores, otra de Sanidad, una presidenta del Senado, una multiembajadora como Ana Palacio, una ministra de Cultura y muchos altos y medianos cargos en la política cruda o en la Administración. Tiene uno anotado aquí más de una vez que los proyectos a medias de Felipe González los ha llevado a buen término José María Aznar. Nuestro liberalismo gobernante vive en cierto modo de culminar lo que con el PSOE antañón fueron diseños. La mujer ha dejado de ser el bicho raro que Linneo ponía aparte, en un recuadro, cuando no sabía en qué sistema racional meterlo. La mujer siempre ha tenido grandes cualidades políticas, ahora que lo pienso, pues ejerce la diplomacia de las cosas o la diplomacia de la intimidad. Con unas torrijas bien enmeladas puede quebrar una discusión matrimonial y con una lencería demasiado íntima puede resolver una noche que se anunciaba tormentosa. Si estas virtudes las trasladamos a la política, más un alto conocimiento de los problemas públicos del país, ocurre que esa señorita puede llegar a ministro en la primera vuelta del Gabinete. José María Aznar ha hecho el experimento de poner en marcha sus falanges femeninas. Unas le han salido locoides, como Celia Villalobos, otras le han salido de visón, como Isabel Tocino (porque la heredó de Fraga) pero la mayoría han dado y están dando un juego eficacísimo, cuajado de esa dulce insistencia que pone la mujer en lo que le importa. En general, el experimento ha sido altamente satisfactorio y ha correspondido a la derecha históricamente reaccionaria liberar a la mujer de sus cuidados de la casa y sus hilaturas. Estaban ellas como copos en la rueca, prisioneras de una disciplina vertical. La Historia las ha liberado y han cumplido como gitanas legítimas. Aznar dejará, entre otras cosas, la liberación política de la hembra. Lástima que se resista a autorizar la célula madre.

