Artículos Francisco Umbral

De la Furstenberg, la Mónaco, Catalina y Rosa Montero


Lunes 6 . LAS tenistas Venus Williams y Anna Kournikov son las nuevas campeonas adolescentes del tenis internacional. Cualquier observador ocioso sabe que las estrellas femeninas del tenis son cada vez más jóvenes y mejor preparadas. Nuestra Lilí Alvarez se vestía como de monja africana para jugar al tenis. Luego, los sociólogos de este deporte han deducido que las niñas juegan mejor e inspiran más interés, no sabemos si imparcial, en los voyeurs de cualquier evento público, entre los que calladamente nos contamos. Detrás de las navratilovas han venido estas nínfulas con ínfulas que, además de jugar muy bien, hacen del tenis un ballet, como de cualquier otro deporte. La armonía natural de la mujer canta con violencia en los cuerpos nuevos. Nosotros con nuestra Arancha no hemos tenido demasiada suerte porque la campeona es sólo eso, campeona, pero nunca se ha estilizado en otra cosa. Yo veía a las tenistas jóvenes en Barcelona y ahora las veo por televisión. Se me ha despertado un espíritu deportivo que me hace rejuvenecer. Venus es negra y Anna es rubia. Nosotros no somos racistas. La violencia y la armonía de estas niñas nos tiene muy contentos. La mujer, con su cabalgada por todos los mundos que le estaban cerrados, ha sexualizado el arte, la cultura, el deporte, etc. Han sexualizado hasta el sexo. Benditas sean. . Martes 7 . LA princesa Ira de Furstenberg, aquella desmadrada de los 60 que tanto nos dio que hablar y escribir, sigue todavía ocupando sitio, y el otro día ha coincidido en traje con Carolina de Mónaco, fuerte disgusto para ambas (que seguramente se detestan con buen estilo, como es costumbre), cuando se han visto en los medios y los media. Se trata de un modelo de Chanel, así como burdeos, largo y con volantes, que a la Furstenberg ya le queda como rosa de otoño, y a Carolina, en cambio, le sienta como a una diosa menor de la Costa Azul, algo así como una enagua atrevida de reina loca. Los caballeros, en estas cosas, ni siquiera se fijan cuando dos de ellos van vestidos de lo mismo, pues suelen ir todos gris marengo. Las mujeres, en cambio -estas mujeres-, como no tienen otra personalidad que su ropa, sienten que la otra les ha robado el alma cuando les plagia una falda. Hace tiempo que la gran dama delegó su personalidad en la ropa. Concretamente, desde que los bardos provenzales dejaron de asistirlas con su amor y su trova, que la letra con sexo entra. De modo que son adorablemente ágrafas y sólo se distingue a una de otra por los apellidos y las bragas. Entre apellido y ropa íntima no hay nada. Sólo una marca ilustre y un cierto vacío mental. Por eso jamás pueden repetirse con otra ni repetirse a sí mismas (estrenan modelo todos los días). En el caso que glosamos la más perjudicada es Ira. Carolina está triunfal en sus pliegues y transparencias, sólida como la estatua caminante que viera Baudelaire. . Miércoles 8 . AHORA se trata de Catalina de Austria, a quien las revistas dan como promesa firme para el matrimonio de nuestro querido príncipe Felipe, a quien estimamos y entendemos más después del largo cerco sentimental a que está siendo sometido por legiones de princesas y choris marbellís, niñas pijas, ambiciosillas, trepas en general y mujerío de los media sentimentales. Catalina de Austria y el príncipe ya se conocían, por supuesto, y ahora, casualmente, ella vive en España: la casualidad no es sino la gracia azarosa del destino. Las revistas hablan ya de una boda por amor. Luego, si hay boda -con ésta o con otra-, se monta un número televisivo populoso de belleza. Todo lo cual está muy bien, pero los príncipes de hoy viven coartados por la información, son rehenes de la imagen, de modo que hay quien llega a confundir una monarquía con sus formas exteriores. Millones de españolas saben más del Hola que de la Constitución. Tenemos una monarquía que ha cumplido y cumple con la Constitución. Que no les obliguen, además, a cumplir con la prensa del corazón. Esto, más o menos, es lo que debe pensar el príncipe Felipe. Y con razón. . Jueves 9 . LA literatura de Rosa Montero -que ahora publica un nuevo libro de relatos cortos- supone un caso singular dentro de nuestras letras jóvenes. En la generación de Rosa, y por supuesto en las posteriores, se ha entrado en un sistema de hedonismo que deconstruye para siempre aquella ética del 68 y otras. Posmodernidad es transvaloración de todos los valores, asunción de la vida por encima de esa palabra de la izquierda, ética, que ya nadie recuerda lo que significa. Ahora las cosas valen o no valen por sí mismas y no por lo que diga un libro. Mas he aquí que Rosa Montero, tan leída y tan vivida, insiste ejemplarmente en darle un sentido al sexo, a la pareja, al amor, a la relación, a la vida. Es muy digna y adónica esta actitud de la novelista, que viene de sus arrastres ideológicos casi adolescentes y que interesa más bien a las lectoras. En cada episodio de este libro -todos autobiográficos de intención, aunque muchos no lo sean de hecho- lo que se cuestiona es la problematicidad y fracaso de la pareja, siempre desde un moralismo de izquierdas, aunque con alegres escapes al mero azar sexual. Por eso Rosa es nuestra narradora joven con más entidad. Porque cuenta el después y no se limita a la orgía de los ahoras. . Sábado 11 . EL escritor y periodista Luis Otero viene publicando con éxito una serie de costumbrismo social y crítico referido a la posguerra, años 40. Hasta ha conseguido poner de moda el género nuevamente, galvanizar viejos textos y ser imitado. Mi mamá me mima, su último libro, cuenta la educación femenina de aquella época y lo hace con gracia, intención, archivo riquísimo, erudición amena y nostalgia negativa, diríamos, que es la nostalgia de lo vivido con amargura. El éxito de esta serie de Otero nos lleva a considerar que todavía hay curiosidad, melancolía, análisis y dolor en torno a aquel recinto negro de la memoria. La guerra civil fue la única herencia de muchas familias. Otero se ha erigido en memorialista minutísimo, eficaz e implacable de unos años que se nos pierden entre la melancolía personal y el acerbo dolor colectivo. Desgraciadamente, así no se escribe la Historia.

Comparte este artículo: