Artículos Francisco Umbral

Dreyfus/Galindo


Estamos viviendo el affaire Dreyfus, o su versión más parecida, como siempre que lo que está en juego es el honor de un militar. En estas sociedades europeas, monárquicas o no, el honor de los militares es como la virtud de las doncellas: algo que todos debemos respetar y respetamos. Un militar encarcelado y enjuiciado (oficial como Dreyfus, general como Galindo), es algo que suena todavía a blasfemia, incluso en las repúblicas más veteranas, porque el militar es el último resplandor en activo de las viejas monarquías. Si a los clérigos les vienen los prestigios de un Dios antiguo, a los militares les vienen de un rey antiguo, y eso sigue latente en nuestro corazón civil, social, irracional y laico de todos los laicismos. Por eso había ayer tanta tensión en Madrid. Galindo, un general muy laureado (lo que viene a significar muy «monarquizado»), es en realidad una gran figura al margen de la democracia. Los generales no vienen de ninguna elección popular, sino de todas las guerras. Nuestra ciudadanía no parece aún acostumbrada a estos generales mandados, juzgados o condenados por civiles, por jueces y políticos, pues España es un país que no ha leído nunca a Montesquieu ni entiende muy bien quién se mueve a nivel de quién. La detención de Galindo puede ser oportuna o inoportuna, política o impolítica, pero es legal de toda legalidad. Dreyfus partió por la mitad a Francia con su culpabilidad/inocencia. Detrás de la causa Dreyfus estaba la causa judía. Detrás de la causa Galindo está la causa democrática. Si creemos en la democracia y respetamos el poder independiente que tiene la Justicia, hemos de respetar las actuaciones del juez, que está cumpliendo objetivamente con su deber, sin prejuicios ni otras consideraciones que no sean las generales de la Ley. Pero detrás de nuestra fe democrática, o contra ella, está la fe irracional en la tradición, la costumbre, el honor, el heroísmo y otras constantes calderonianas de la vida española. Todo eso que con cierta vaguedad llamo viejo monarquismo, o más bien tradicionalismo. Creencias más que ideas, como hubiera dicho Ortega. El general Galindo cumplió con su deber mediante el ritual sagrado de la disciplina. Se atuvo a las órdenes de tres civiles que estaban por encima de él, para bien o para mal, de modo que su conducta es hasta democráticamente irreprochable. Esos tres civiles que ahora se le adhieren, entre otras cosas por miedo o precaución sobre lo que Galindo tiene que decir, son quienes pueden haber conculcado la democracia con sus decisiones y procedimientos. En seguida han salido garantes del general. Lo que yo no sé es quién va a salir garante por ellos, pues a su vez eran unos mandados en el organigrama del Estado. ¿El entonces presidente del Gobierno? El entonces presidente del Gobierno se ha comprado una camisola con palmeras, un mambo vacacional, y anda en viaje de bodas consigo mismo. Y aquí es donde la democracia queda descabezada. Un presidente democrático, elegido por el pueblo, tiene que actuar democráticamente. La «militarización» de la democracia por parte de Felipe González es la cuestión a debatir. Equivale a todo un asalto a la democracia. Galindo es hoy un rehén que la democracia le toma a la Tradición. El origen «sagrado» del Ejército y de las armas se pone en pie ante la profanación. Pero Galindo no es más que una capitular en el sangriento códice que se está descifrando. Aquí nadie ha entendido nada.

Comparte este artículo: