La gripe ética
El filósofo Gabriel Albiac y el diario ABC lo han denunciado en estos días: con la muerte de Aranguren se ha producido una floración luctuosa de arangurenianos imprevistos. Todos nos hemos vuelto éticos de un golpe de viento que viene del cementerio. Madrid es hoy un paisaje de veletas unánimes. Con otros grandes personajes también ha pasado. La muerte convierte al cadáver ilustre en modelo social, ético o estético. España, culto y devoración de los muertos, como en Madrid 650, una metáfora, o sea. Nos pasa hasta con los extranjeros. Mitterrandianos con Mitterrand, juanistas con Don Juan, siempre llevando el féretro los espontáneos de todos los entierros históricos. Quiere decirse, en el caso de Aranguren, que había aquí un vacío de ética, un pragmatismo cansado, una caída de la utopía cuatrocaminera del 82, un fracaso de la moral felipista, y, con la muerte de Aranguren, esta sociedad tan eficaz, tan consumista, basada primitivamente en la permuta y el toyota, se acuerda de aquel hombre bueno, único justo que podía salvar a la ciudad de Dios. Todos los partidos políticos han sido, están siendo arangurenianos por unos días, y en este fin de semana se ha releído u hojeado mucho Aranguren, porque la superstición del hipermercado, con sus fetiches de aguaplast, es algo que ya cansa. Menesterosos de algo más nutriente que la épica de Gil y Gil con su Atlético, de algo más racional que la barata (y carísima) fantasía federalista, menesterosos de letra e idea, con el entripado de televisión hasta arriba (ese plato combinado de actualidades sangrientas y domesticidades con un lirismo de zotal), hemos caído sobre Aranguren con buen apetito y la semana pasada la dedicamos casi íntegra a la devoración del muerto, en pleno canibalismo espiritual, que en España siempre se ha confundido la cultura con la antropofagia. Pero esta arangurenmanía (que de todos modos nunca van a tener como homenaje póstumo los otros pensadores de su generación y grupo) se manifiesta banal y fugaz por cuanto hay publicistas que dicen, tal que ayer, que quien corrompe a un joven previamente corrupto, tipo Arny, no está corrompiendo a nadie. Y esto lo encuentro en escritores sedicentemente de izquierdas. A ese joven corrupto y prostituido lo ha corrompido antes otro cliente tan carroza y corruptor como usted, oiga. O lo han corrompido, como a las putas, la presión social, la España católica de la derecha y la España ética de la izquierda, que de todo había en la discoteca sevillana. Somos éticos todo el año, ejemplares, hasta que nos queman por do más pecado habíamos. Nos queman y nos comen. Pero no hay más ética que la ética contra uno mismo, tío (o lo que sea). Vamos a seguir siendo la España de Arny, Estevill, los generales friolera y los engominados que se lo montan, de Aznar a Conde, pero, más que la Semana Santa, nuestra semana de Pasión, contrición y atrición ha sido ésta que muere cuando escribo. La muerte de un cristiano, mucho más real e inmediata que la muerte de Cristo, nos ha traído a todos un constipado ético. Las esposas de los grandes trincotrileros estrellan sus automóviles contra la fachada de este periódico, en un crack Wall Street años 20, mientras Pedro J. juega feliz al padel. Aquí no ha llegado, por suerte, la gripe ética.

