Artículos Francisco Umbral

Urtain


Dinos cómo lo has hecho, Urtain, muchacho, dinos cómo se hace. Ya que no tu imposible pugilismo poderoso, algunos quisiéramos aprender el salto del patio, ese salto inspirado y brutal, ese ballet vecinal y subitáneo que le lleva a uno a otra vecindad, a la única, posible y perpleja vecindad de los muertos. Decíamos, cuando entonces, que eras un poco burro, Urtain, pero al fin has tenido el único gesto intelectual que puede tener un hombre: el suicidio.

Se preguntan los periódicos ingenuamente por qué lo has hecho, Urtain, como si hubiera razones para hacer otra cosa. No hacen falta razones para matarse. La vida es la única e insoportable razón que explica la muerte. Todos somos unos suicidas aplazados, desde el definitivo señor Polanco hasta esas mocedades que desfilan en círculo (como que no van a ninguna parte) por los Juegos Olímpicos. Fidel Castro ha elegido el suicidio de pie, un suicidio de caballero que se va dejando suicidar por los demás, concretamente por los periodistas y los yanquis. Todos creemos que estamos haciendo por la vida, por nuestra pequeña vida de funcionarios de la muerte. Mejor que una vida funcionaria, el salto que tú te has pegado, Urtain, muchacho, viejo mozallón, juguete roto, como te llamó Summers el primero (otro que se suicida haciendo chistes). El salto, el salto, por qué no nos enseñaste, en los setenta, cuando tanta musculatura aprendíamos de ti, a pegar ese salto, el salto por la ventana, Nijinski morrosco de los patios de luces.

La vida, la juventud, es una carrerilla que tomamos para pegar el salto. Después del cumpleaños, después de la gloria, después del amor, hay que pegar el salto, el único salto mortal que ele verdad lo es, y no como el de los circos. Quienes dejamos pasar el tiempo, quienes vamos dejando el salto para otro día, no somos sino los interinos de la vida, los contratados del tiempo, los temporeros del éxito, unos parados que vamos tirando con la chapuza del vivir. Dijo el poeta que sólo tenemos treguas. Es mejor tomarse uno la injusticia por su mano y tirarse desde un séptimo piso. Si no pegas el salto a tiempo te lo pegan o te mandan al Adriático a morir lleno de patriotismo serbio, sin saber dónde está Serbia. Si no pegas el salto a tiempo te quitan una emisora que era la obra de tu vida, y está bien llegar a ser José María García, pero la ingente multitud de los garcías nacionales aguantan sin micrófono y sin tener nada que decir. Hasta que un día miras al patio de luces y ves que en todas las ventanas están las vecindonas asomadas, esperando a ver si esta mañana te animas a dar el salto. Uno ya nota que le miran como un hombre acabado antes de empezar. Uno se entera muy pronto de que el éxito es una errata de los linotipistas y de que el amor más sublime es una comedia de Alonso Millán. La vida es para todos una comedia de Alonso Millán, menos para Alonso Millán, naturalmente.

Urtain, viejo cacharro de nuestra generación, creían que sólo servías para levantar piedras, pero has levantado en peso la piedra de tu vida, Sísifo en camiseta, y la has arrojado por la ventana. La vida son unos juegos olímpicos que se terminan en la primera juventud y donde uno sale campeón en todas las modalidades. La vida es una cosa olímpica que dura quince días. Somos unos héroes quincenales y luego ya sólo nos espera el patio de luces. Bien hecho, Urtain, poderoso y anciano muchacho. Nadie va a pegar en Montjuich un salto como el tuyo. De todo el olimpismo internacional y griego sólo vale el salto del patio, ese salto por el que no dan bronce ni plata ni siquiera el cobre o calderilla de los perdedores. Después del salto del patio, el salto de un gran atleta lúcido, el salto de Urtain, después de ese salto, que es el nuestro ¿qué coños esperamos ver en la Olimpíada?

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