[ACTUALIDAD]
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[RECIENTES]
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El Ayuntamiento de Majadahonda, en colaboración con la Fundación Francisco Umbral, han organizado este encuentro con el ...
EL ARTÍCULO [del día] 14-06-1991, EL MUNDO
El cura herido
Era el único cura que podía haberme salvado y se me ha muerto. Dedicaba sus largos ocios de enfermo a estudiar mi «estilo», que le apasionaba, pero aún más le apasionaba ponerme luego faltas y defectos, lleno de una generosidad y caridad que no puedo menos de llamar cristianas. José Luis, el cura herido, mi cura. Anoche, en una cena de ABC, me lo decía Guillermo Luca de Tena: - Nuestro cura, Umbral, nuestro cura. Y tuvo el buen gusto y la caridad de citarle en su breve discurso, que iba de otra cosa (homenaje a Fernández Ordóñez). Del mismo modo que José Luis Martín Descalzo seguía la evolución barroca (diría ya que manierista, amanerada) de mi prosa, yo seguía la evolución, mucho más grave, de su pensamiento dentro de la Iglesia y dentro de sí mismo. Nadie sabe lo desesperadamente amigos que hemos sido ni el amigo interior que me pierdo. Con un artículo sobre él me dieron el «Mariano de Cavia», el más alto galardón de mi vida (soy escritor poco premiado, como Cela, poco, pero fuerte). Si digo ahora que el premio venía a «frivolizar» un poco nuestra amistad quizá no se va a entender lo que digo: del mismo modo que una boda, digamos, «frivoliza» un gran amor. Solía decirme aquello de siempre: - Yo me permito ser progre por las mañanas, en «Vida Nueva», y conservador por las tardes, en ABC. No es verdad. Era siempre el mismo. Y si algo le falló, le decepcionó, fue precisamente «Vida Nueva», la revista de la Conferencia Episcopal, y si algo no le falló, en cambio, y le permitió ser él, fue el ABC. Ya desde Valladolid, pero sobre todo aquí en Madrid, vivía en él la contradicción de una fe hecha de amor y revolución con una fe hecha de unción y restricción. Era un intelectual que se obligaba a la fe del carbonero. Hasta que sus carboneros interiores se le ponían en pie, se le volvían dialécticos, le pedían explicaciones y justicia. «Nadie sabe todo lo que puede caber en un minué», decía maestro D'Ors. Nadie sabe todo lo que puede caber (yo sí) en un cura, aunque no sea un cura de aldea, como el de Bernanos, sino de gran ciudad. Digamos que todo el Concilio Vaticano II, el hecho que dió razón a Occidente y a este cura que digo, digamos que Juan XXIII, el Papa que dió encarnación al cristianismo primero y silvano de Cristo, y fe al intelectual Martín Descalzo, son cosas que, históricamente, han ido desgarrándose, desmemoriándose, corrompiéndose, remendándose, cuando eran, más que una revolución religiosa, la última revolución social, ética, de Oriente y Occidente. Bueno, pues todo eso lo he vivido yo en el alma desgarrada y el cuerpo vulnerado de Martín Descalzo. Su fórmula ingenua y adorable de ser progre por las mañanas y conservador por las tardes le tenía roto por dentro, deshecho, y uno diría que esta tensión moral, psíquica, le trajo las enfermedades («el pálido rebaño» de Quevedo). Como poeta quería emocionarse con San Juan, pero quien le apasionaba era Neruda, al que dedicó un memorable ensayo. Así de gloriosamente desvencijado por dentro vivía José Luis. Me parece que su drama existencial (por decirlo con una palabra de nuestros tiempos, José Luis, amor) es el de todos los curas de su generación y subsiguientes, el drama mismo de la Iglesia, que ha traicionado a Juan XXIII y lo sabe. El nuevo pecado original del catolicismo, hoy, es haber mordido de la manzana de oro del capitalismo, traicionando el mandato de aquel Padre que fue Juan XXIII, que tenía soluciones no sólo para los católicos, sino hasta para los comunistas. De aquella revolución occidental (en la medida en que Occidente es cristiano), al papamóvil, los gestos publicitarios, muy bien glosados por Patricia Higsmith, la movida polaca de derechas, con un obrero vendido, Walesa, etc. Esto es lo que ha matado a mi cura.


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