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EL ARTÍCULO [del día] 27-11-2002, EL MUNDO
Feudal Fraga
Santificado de Obradoiros, lirificado de feudalismos, el señor de Galicia, Tercer Mundo de España, el señor de Fraga Iribarne resplandeció por su lejanía durante la semana negra de la Costa de la Muerte. Ahora lo explica con arropos de gestión madrileña, contra el rumor de la cacería toledana, esas cacerías donde él suele no fallar con sus perdigones los glúteos de las damas, acaudilladas o no, acaudaladas o no. Dicen que dijo que estaba en Madrid debatiendo en las alturas la negrura del petróleo, pero el rumor de la cacería va corriendo como una leyenda, construyéndose como una conseja, y lo cierto es que en esa semana no se viera a Fraga Iribarne en Galicia, en Toledo ni en Madrid. Qué lejos aquel prota que se mojaba los testículos en Palomares contra la contaminación. Fraga ya no está para lucir testículos negros y no se le viera por las costas galaicas dando sus órdenes siempre tajantes, siempre acertadas, sino que anduvo escondido en el regazo del poderoso Aznar o de la regia Ana Botella. Mi imperio por un caballo, pedía el clásico.Mi Galicia por un percebe, pedía Fraga. Un solo percebe limpio le hubiera servido para la prensa y televisión, convenciéndonos de que Galicia sólo es desastrosa en las novelas de Camilo José Cela. Más madera. Más madera de boj y más novela hubiera necesitado el presidente de la Xunta para convencer a los paisanos y los nacionales de que no escondió su ancianidad en monterías toledanas o regazos maternales. La biografía de Fraga, tan destellante, termina aquí. Con la Falange, con el franquismo y contra el Opus, don Manuel fue un señor bien armado, como cuando me recibía en su despacho de Ríos Rosas o por ahí, cuando pretendía quitarme el carnet de prensa que yo no tuve nunca, vano empeño contra sí mismo. O cuando acudía primerizo a las citas pictóricas de María Antonia Dans como paisano y como ministro. ¿Te acuerdas, Rosalía, y cómo nos reíamos luego? El señor de Fraga Iribarne ya no es aquél. Ahora tiene los andares bamboleantes de un paso de procesión cruzado de mamut y cuando la marea negra llega a sus costas, está invisible para nadie y para todos. Pero hay otras mareas negras -el nacionalismo, el separatismo, el derribo de pinares, el alejamiento de la juventud, la displicencia de Aznar, el discípulo amado, y por ahí todo seguido. Estas mareas y estos mareos ya no los soporta el poderoso señor de Fraga, de modo que se desaparece su imagen por una semana y que pregunten por él en la Moncloa, en los riscos de Toledo o en el culo averiado de diversas señoritas depredadoras. Lo del Prestige no es más que una viñeta del contrabando de petróleo malo que se hace por las costas de España, con preferencia en Gibraltar, que para eso quieren el Peñón los anglos. El señor de Fraga conoce tales industrias y prefiere no entrar en ellas -nunca fue auñón-, de modo que se ha desaparecido ostentóreamente, que es lo que le va. Uno diría, herido de nostalgia por soportarle toda una vida, que aquí acaba la biobibliografía de Fraga, no patinada de escudos nacionales sino salpicada de petróleo negro y aves vencidas. A uno le duelen mayormente las aves, pero no deja de recordar la larga y empeñosa convivencia con Fraga, ese hombre de arte y ensayo. No cree uno que Galicia le perdone esta ausencia. No cree uno que Fraga vuelva a mojarse los huevos en petróleo ni en agua de colonia.


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